El sueño americano estaba aquí

Marta Sandoval, El Periódico, Guatemala

Después de 32 días en la cárcel y una dolorosa deportación, Juan Ixcoy descubrió que el sueño americano estaba en Momostenango.

Erick lo vio de lejos. Iba corriendo montaña abajo y le costó frenarse, restregando las suelas de sus zapatos en la hierba; vio un árbol y se aferró a él con una mano, su cuerpo dio una sacudida y el cabello se le alborotó en el rostro. Sentía un pájaro, igual al que estaba viendo, metido dentro de su pecho. Sacó la honda del bolsillo, recogió una piedra y apuntó. Unos segundos de silencio dieron paso a un sonido seco, la señal de que ese día comería carne.

Arriba, el patio de tierra levantaba nubarrones que hacían que Lisbeth casi perdiera el equilibrio. Su cuerpo, envuelto en un corte diminuto y un güipil bordado de flores, se sostenía con dificultad, daba unos pasos persiguiendo una gallina y caía al suelo irremediablemente. Estaba aprendiendo a caminar sin zapatos y sin piso. Dentro de la casa Juan, el padre, peleaba con una radio vieja, unos minutos antes habían pasado el anuncio de un programa de visas para ir a trabajar a Canadá. Erick entró corriendo con la caza y la entregó a su madre para que la cocinara.

El anuncio volvió a sonar y Juan corrió a subirle el volumen a la radio. “Si quieres trabajar de forma legal en Canadá, comunícate con nosotros”. Era una estación evangélica y el que hablaba era un pastor, gente de fiar, así que Juan Ixcoy llamó inmediatamente, le ofrecieron tramitarle la visa y encontrarle un trabajo donde no ganaría menos de US$10 la hora. Juan empezó a hacer cuentas en la cabeza: con pocos meses de trabajo tendría el dinero suficiente para volver a Guatemala y abrir una zapatería en Quetzaltenango.

Al día siguiente Juan salió muy temprano, subió a un bus y viajó casi cinco horas hasta llegar a la capital. Buscó direcciones por todas partes, debía llevarle al pastor su pasaporte, los certificados de carencia de antecedentes penales y policíacos y una carta del Alcalde de Momostenango, que daba fe de que era una persona honrada y trabajadora. Lo consiguió todo en tiempo récord y fue a una oficina extraña.

“Muy bien… muy bien. Todo está orden”, le dijo un hombre de cara chata y cabello acolochado, “el problema es que tuvimos muchas solicitudes y hay un montón de gente que llena los requisitos”, le dijo con la mirada baja y un puchero en el mentón, “yo quisiera que se fueran todos”, torció la boca y levantó las manos abiertas, “pero como no puedo, voy a tener que mandar a los que primero paguen los costos del viaje”. Juan titubeó, “¿y cuánto es eso?”. “Sólo Q10 mil, eso lo recuperás en la primera semana de trabajo”.

Juan volvió a Momostenango, fue directo a buscar a su madre, una comadrona respetada en el pueblo. Le pidió permiso para hipotecar el terreno que les había heredado su padre. La anciana se negó, la tierra era lo único que tenían. “Sólo sería una parte del lote”, trató de convencerla. Afuera, las casas de bloc, repello y paredes pintadas se intercalaban con las de adobe frágil y techo de paja. Las primeras pertenecían a familias con miembros en Estados Unidos, las segundas a familias como los Ixcoy que vivían exclusivamente de lo que la tierra les daba. La posibilidad de una nueva casa, de un temascal a donde llevar a las parturientas estaba abriéndose. La madre contestó en k’iche’ que daba su aprobación y que tratara de hipotecar lo menos posible. Juan volvió con el hombre regordete, “tenés suerte, todavía queda un lugar”, le dijo. Después le dio instrucciones: “el próximo jueves a las 7 de la mañana nos juntamos en la plaza España, de ahí nos vamos todos”.

Dos de los hijos de Ixcoy juegan en su casa, que todaví es de adobe, pero pronto será de bloc.

Dos de los hijos de Ixcoy juegan en su casa, que todaví es de adobe, pero pronto será de bloc.

Ese jueves Juan y otros 200 campesinos se encontraron en la zona 9. Todos iban emocionados, con sus mochilas al hombro y un enjambre en el estómago. Esperaron. Esperaron más. Y nada pasó. El pastor no llegó, nadie llegó. En la embajada les dijeron que nada sabían de ese proyecto y que no ofrecían visas de trabajo a través de la radio.

Juan volvió a Momostenango más pobre que nunca. Ahora sus necesidades eran dobles: tenía que ganar dinero para mantener a su familia y para pagar la hipoteca. La milpa daba poco, apenas lo necesario para el sustento, no había trabajo en ninguna parte y cada vez se acercaba más el plazo del pago del terreno. Iba a quedarse sin nada si no actuaba de una vez por todas. Se armó de valor y buscó un coyote. “Son US$6 mil por llevarte hasta Chicago”, le informó, “pagás la mitad ahorita y la otra mitad nos la paga tu familia cuando los llamés para decirles que ya estás en Estados Unidos”. Para pagar tuvo que hipotecar la otra parte del terreno.

El viaje, ya se sabe, fue todo menos placentero. Recorrer kilómetros en el desierto, prenderse de un tren a toda velocidad y transitar horas escondido en el baúl de un carro. Sin comer y casi sin beber por días. Pero Juan llegó a Chicago.

Byron y Juan

– “Aló… mire usted no me conoce…”, dijo una voz indecisa al otro lado de la línea “…pero mi hermana trabajó para su esposa y ella me dijo que ustedes le dijeron que si yo lograba llegar a Chicago me iban a ayudar y bueno, ya llegué”.

Byron Prado se quedó perplejo al oír las palabras de un paisano en Chicago. No esperaba que aquel “si tu hermano llega algún día que me llame” se volvería realidad tan pronto. Pero no dudó en ayudar a un compatriota en aprietos. Byron llevaba años viviendo en Estados Unidos, él no llegó escondido en un tren sino con papeles bajo el brazo. Era empresario de publicidad y un enamorado perdido de su tierra, todo lo que tuviera que ver con Guatemala le emocionaba. Byron era además el presidente de AGE Asociación de Guatemaltecos en el Extranjero, una institución que buscaba la ayuda mutua.

Juan recibió atención de Byron, de AGE y de un grupo de emigrantes de San Marcos, quienes le pagaron los primeros meses de renta y le ayudaron a conseguir empleo. Primero repartía volantes en la calle, más tarde un plomero lo empleó como su ayudante. Juan picaba piso todo el día y ganaba US$10 por cada hora. Unos compatriotas le aconsejaron que los primeros dos meses enviara todo lo que ganara a Guatemala, “para que tu familia no se ponga triste y vos te sintás bien de estar ayudando”, así lo hizo y en poco tiempo la familia logró recuperar los Q10 mil que el supuesto pastor le había robado, sólo faltaban los US$6 mil con que pagó al coyote.

Meses después una empresa de encomiendas lo contrató como ayudante del chofer de un camión repartidor. Pasaba el día entero de un lado a otro entregando paquetes. Para su buena suerte el piloto también era guatemalteco, aunque ya residente y con todos los papeles en orden.

Un día les pidieron llevar unas cajas a Michigan y salieron muy de mañana. Llevaban un GPS que les indicaba el camino, pero se despistaron y terminaron en un sitio que ya ni el GPS reconocía. Trataron de volver, pero se toparon con un camino de una vía, un puente y un letrero: “Bienvenidos a Canadá”. Juan tembló de miedo, en esa frontera seguro estaba la migra. Tragó en seco cuando los oficiales canadienses se acercaron. El piloto habló en inglés, Juan no entendió nada, pero se tranquilizó cuando vio que el camión arrancó y el chofer se despidió con la mano. “¿Nos dejaron libres?”, preguntó. “Simón, pero no te emocionés, ahorita nos toca pasar la frontera de los gringos y con esos no creo que haya suerte”. Era el fin, Juan iba a ser deportado, estaba claro. “Dejame meterme en una caja, por favor”, suplicó Juan. “Ni loco, si me cachan con un ilegal escondido me quitan la residencia”. “Entonces me bajo, voy a entrar a pie, por otro lado”, rogó Juan, “no puedo vos, discúlpame, pero aquí está lleno de cámaras y si me ven que te bajo me van a acusar de coyote. Que sea lo que Dios quiera”, sentenció.

Esa misma tarde Juan ya estaba esposado de pies y manos y con una cadena abrazando su cintura. The American dream its over.

En Guatemala

Pasaron 32 largos días para que Juan pudiera volver a casa. Días en la cárcel, amontonado con otros ilegales, días en los que sólo recibía dos tiempos de comida. Byron Prado corrió por consulados, oficinas de inmigración y cárceles para tratar de salvar a Juan. No hubo forma, Juan volvió a Guatemala cuando apenas había terminado de reponer el dinero que pagó al Coyote.

En Momostenango le recibió de vuelta su casa de adobe, con sus paredes sin repello y las ventanas improvisadas con madera. Su hija menor, a la que dejó recién nacida, era ya una niña risueña de unos enormes ojos negros que pestañeaban sin cesar. Sus tres hijos mayores le abrazaron como se abraza a un héroe que regresa de la batalla, sin importar si triunfó o fue derrotado.

La vida siguió su rutina. La pobreza fue otra vez el centro de su existencia. Estuvo 14 meses en Estados Unidos y lo único que logró fue pagar la deuda que contrajo para marcharse. Estaba en el mismo punto que cuando salió. Pero Byron Prado no se había olvidado de él.

“Juan siempre me decía que si él tuviera agua podría cultivar en su terreno. Pero como no tenía, sembraba sólo milpa, que es lo único que se da sin riego artificial”, cuenta Prado. “Casualmente en los días en que Juan fue deportado llegó a Chicago el señor Arturo Rosa, el dueño de Pilones y Servicios Agrícolas de Zacapa, que es familiar de unos amigos míos de allá. Así lo conocí y le conté el caso de Juan, él me dijo que lo iba a visitar y a ver en qué le podía ayudar”. Le regalaron una bomba de agua que cuesta unos Q7 mil y además le dieron una capacitación para aprender el sistema de riego por goteo y la creación de túneles invernadero, para que sus cosechas fueran más grandes y abundantes.

Juan estuvo varias semanas en Estanzuela, Zacapa, capacitándose y luego regresó a Momostenango, para poner en práctica lo aprendido. Prado le ayudó a conseguir los materiales necesarios para elaborar tres túneles donde sembró tomates y chiles pimientos. Una ONG, Esperanza de Vida, le regaló decenas de zapatos nuevos para que fuera a venderlos el día de plaza en el pueblo. Y así Juan empezó a levantarse. Los túneles, cuando la cosecha no es muy buena y el precio en el mercado es bajo, le dejan Q1,200 mensuales cada uno. Pero cuando las condiciones son óptimas Juan puede recibir hasta Q6 mil mensuales. La idea es que con sus ganancias construya más túneles, hasta convertirse en todo un empresario.

“Con una fracción de los US$6 mil que le dan al Coyote, ellos pueden realizar su sueño americano en Guatemala”, cuenta Prado. “Así vamos a crear divisas para nuestro país. Ellos ya no van a ser los explotados y marginados en Estados Unidos sino que van a ser socios comerciales”, explica. Juan es sólo el proyecto piloto, Prado y los miembros de AGE ya trabajan con otros deportados. La segunda fase será con 193 hombres que fueron deportados de Iowa, en 2008. AGE y los empresarios amigos van a enseñarles a construir túneles y a cosechar.

No es cosa fácil, cada túnel cuesta Q4 mil 500 cada uno, pero Prado tiene ya todo el plan trazado. “Platicamos con Banrural y ellos se comprometieron a darle financiamiento a los que participen en el programa. También contactamos al embajador de Israel que se comprometió a darnos toda la capacitación técnica, dijo que si teníamos cientos o miles de familias ellos nos enviaban expertos en agricultura de Israel para capacitarlos”, dice sonriente Prado.

“La base de una sociedad es la familia y la familia debe estar unida, no una parte en Guatemala y la otra en Estados Unidos. Queremos que la gente pueda vivir su sueño americano aquí. Ya no queremos que nuestros compatriotas sean abusados, que tengan que arriesgar sus vidas para llegar a Estados Unidos”, comenta Prado.

Juan regresó a Guatemala hace dos años y ya logró comprar otro terreno, este con un nacimiento de agua; tuvo otro hijo, un bebé morenito y regordete que se llama John Boris y se preparará para volver a recibir dinero en dólares… no piensa irse a Estados Unidos otra vez, la lección quedó aprendida, ahora va a hacer negocios con ellos.

“Nos reunimos con el embajador estadounidense, Stephen McFarland que nos ofreció abrir un puente comercial hacia Estados Unidos para que puedan vender sus productos sin intermediarios”, cuenta Prado.

Juan muestra orgulloso su terreno, para llegar hay que bajar unos veinte minutos por una ladera boscosa y empinada. Y allí están sus túneles, los causantes de que sus cuatro hijos mayores vayan a la escuela. Juan recuerda sus días en Estados Unidos, el miedo le hace un nudo en el estómago, cierra los ojos y respira profundo. Los abre y mira sus túneles. El sueño americano estaba aquí, en Momostenango.


http://www.elperiodico.com.gt/es/20100516/domingo/151463

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